3:22 pm - Lunes diciembre 11, 2017

La Importancia del Trabajo en el Islam

Trabajar, no solo orar

Un hombre  extremadamente ansioso y perplejo visitó a Hazrat Imam Jafar al- Sadiq (a) y le rogó que orase a Allah para que aumentase su sustento y lo aliviara de todas las angustias financieras.

El Imam (a) contestó: “En verdad que no oraré por ti.”

El pobre hombre lo miró y le preguntó: “¿Pero por qué no? ¿Qué he hecho?”

El Imam contestó: “Sabes perfectamente bien que Allah ha concebido medios y modos de adquirir la prosperidad. Te ha ordenado dejar tu hogar y ganarte el sustento a través del trabajo duro. Te rehúsas a obedecer la ley y tontamente esperas que rezando por ti, atraerás prosperidad.”

 

Tú trabajas- Yo rezo

Una cantidad de peregrinos estaban contando sus experiencias de Hajj al Imam Jafar al- Sadiq (a), y relatando sus puntos de vista acerca de sus compañeros peregrinos. Una persona estaba sumamente impresionada por un compañero peregrino y dijo: “Era verdaderamente piadoso y un adorador de Allah infatigable. Cada vez que dejábamos de viajar para descansar en la noche, se retiraba a un lugar apartado, extendía su alfombra de rezos y quedaba absorto en la adoración de Allah.”

El Imam (a) preguntó: “¿Quién cuidaba de sus cosas? ¿Quién atendía a su camello?”

Él contestó: “Obviamente, nosotros hacíamos todos esos trabajos para complacer a Allah. Él permanecía absorto en los actos sagrados, y no tenía tiempo para esas labores domésticas.”

El Imam (a) respondió: “No es de extrañar que vosotros hayáis logrado más que él con toda su piedad y adoración.”

 

Un Recién Converso

Dos vecinos se hicieron buenos amigos. Uno era crsitiano; el otro, musulmán. A menudo discutían acerca de sus religiones para ver cuál contribuía más a una forma de vida civilizada, para luego adoptarla. El musulmán presentaba al Islam con todos sus beneficios materiales y espirituales, de modo que el cristiano, un día, se convirtió al Islam.

Unos días más tarde, antes del alba, alguien golpeó a su puerta, “¿Quién es?” preguntó el recién convertido, con cierta aprehensión.

“Soy tu vecino. Pronto será el momento de la plegaria obligatoria de la mañana (Fajr), así que vístete, haz la ablución y ven conmigo a la mezquita. Hoy ofreceremos nuestras plegarias con la congregación. El nuevo musulmán estuvo de acuerdo, y ambos se dirigieron a l a mezquita.

“Ayunar es un modo de obtener la cercanía con Dios,” dijo el vecino. El converso declaró su intención de ayunar durante el día.

Luego hubo un tiempo hasta la llamada a la plegaria (Aazan), ambos ofrecieron algunas oraciones para la satisfacción espiritual. Pronto llegó el momento y ofrecieron la oración Fajr. Después de recitar todas las oraciones supererogatorias aconsejadas por los líderes religiosos, el converso se levantó para volver a su hogar.

“¿Dónde vas?”

“A casa,” le contestó.

“Aguarda. Es momento de leer el Santo Corán.”

Puso el Corán ante él y ambos leyeron hasta que los brillantes rayos del sol cayeron sobre ellos. El converso se puso de pie para regresar a casa, pero el musulmán volvió a detenerlo. Esta vez lo detuvo para la oración Zuhr, ya que solo faltaba una hora. Después de la oración de la tarde y que se hubieron leído todas las oraciones supererogatorias, era casi la hora de la oración del atardecer, Asr. Habiéndola hecho, el hombre dijo que iba a ir a su casa a romper el ayuno después del ocaso. Su vecino le aconsejó que ofreciera la oración Maghrib. Él lo consintió. Después de eso se levantó para irse.

“Sólo falta la oración I’sha. Después de ella, puedes irte a casa.” Urgió el vecino.

Después de ofrecer la oración de la noche, el nuevo converso regresó a su hogar.

Nuevamente hubo un golpe a su  puerta, al momento de Sehr.

“¿Quién es?” preguntó

“Vístete y ven, ofreceremos nuestras plegarias en la mezquita.”

“Discúlpame. Regresé a mi religión después de permanecer contigo ayer. Halla a algún inútil que no tenga algo más que hacer sino orar. Soy un hombre de familia y necesito darles sustento. Tengo otros deberes y responsabilidades que cumplir. No puedo solo orar a Dios todo el día y sobrevivir de nada. ¡Vete!”

El Imam Jafar al- Sadiq (a) relató este incidente a sus seguidores y dijo: “De esta forma, un musulmán piadoso, temeroso de Dios, convirtió a un no creyente al Islam. Pero, al recién converso le tomó sólo un día renunciar por las rígidas y extremas medidas adoptadas por el musulmán. Recordad, la fuerza y la rigidez conducen a la inquietud, la frustración y el descontento. Los omeyas usaban la fuerza para hacer que la gente los obedezca y no recibían sino desdén. Promoved la religión afectuosamente, cortésmente, suavemente, con consentimiento mutuo. Nuestros métodos deben hacer que la gente abrace el Islam por elección y lo practique de acuerdo a su nivel de fe y energía, tanto física como mental.”

 

La Justa Distribución de las Tareas

El Santo Profeta (s) y sus compañeros se apeaban de sus caballos y descargaban sus camellos para descansar del viaje. Todos estaban de acuerdo en sacrificar una cabra y cocinar su comida para la cena. Uno de ellos ofrecía matar el animal. Otro lo descarnaba. Un tercero se ponía a disposición para cocinar la carne. El Santo Profeta (s) dijo: “Recogeré la leña para el fuego de la vegetación circundante.” Todos sus compañeros (s) gritaron al unísono: “¿Por qué debes trabajar con nosotros a tu alrededor? Nos sentimos honrados de servirte mientras descansas. Completaremos la tarea en un instante.” El Santo Profeta (s) contestó: “Sé que podéis completar la tarea en un instante, pero Dios no es amigo de alguien que se considera mejor que sus amigos y digno de su respeto.”

Diciendo esto, se internó en el bosque y regresó con un montón de ramas y hojas secas, suficientes para encender el fuego mientras los demás finalizaban sus tareas.

 

División del Trabajo

Luego que el Imam Ali (a) y la Dama Fátima Zahra (a) se casaron, comenzaron su nueva vida juntos. Organizaron sus pertenencias  según sus necesidades y acudieron al Santo Profeta (s) para que los aconseje en cuanto a la división de las labores domésticas. “Guíanos, oh Profeta de Allah (s), en cuanto a la división de las tareas domésticas entre nosotros,” solicitó el Imam Ali (a).

El Santo Profeta (s) declaró: “Ali, tú deberás realizar las tareas fuera del hogar, mientras que Fátima deberá llevar a cabo todas aquellas de dentro del hogar.”

La Dama Fátima (a) se regocijó con esta división. Dijo: “Estoy tan aliviada de no tener nada que hacer con los hombres.” Ali (a) conseguiría la leña, los granos, los alimentos y otros ítems esenciales del mercado, mientras que ella molería el harina, cocinaría, lavaría y mantendría limpia la casa. Además, cada vez que el Imam Ali (a) encontraba tiempo libre, la ayudaba con las labores dentro del hogar.

Un día el Santo Profeta (s) los visitó y los halló trabajando juntos. Les preguntó: “¿Quién está más cansado de vosotros, para ayudarlo?” “Fátima,” dijo Ali (a). Él (s) la envió a descansar y ayudó a Ali (a) completando las tareas de ella.

El Islam se hallaba en sus primeras épocas y el Imam Ali (a) tenía que acompañar al ejército musulmán en la Jihad más que seguido. Él la dotaba con todos las cosas esenciales, pero, cada vez que surgía la necesidad, la Dama Fátima (a) iba al mercado y conseguía lo que fuere que necesitare en esos días.

La vida transcurría tranquilamente mientras la familia crecía y la casa tenía los ecos de la alegre risa de los niños. Sin embargo, la carga del trabajo dentro de la casa se había multiplicado. Un día, el Imam Ali (a) notó que la molienda, el cocinar, cargar el agua desde el pozo, lavar, limpiar, además alimentar, bañar y cuidar a los niños había dañado las manos de Fátima (s), lastimado su espalda y desgastó sus ropas. A pesar de su ayuda, ella se hallaba ocupada todo el tiempo.

Apesadumbrado por su condición, le aconsejó que le pidiera a su padre una sirviente. La Dama Fátima (a) estuvo de acuerdo. Fue a ver a su padre, pero lo halló ocupado hablando con algunas personas. Regresó a su hogar sin haber expuesto su petición.

No obstante, el Santo Profeta (s) notó su llegada y su partida, y entendió que había ido por algo importante. A la mañana siguiente, acudió a visitarla para averiguar el motivo de su visita el día anterior. En la puerta, saludó a los residentes con una voz alta y clara: “Assalam aleykum.”

Tanto Ali (a) como Fátima (a) se hallaban descansando. Se sintió cohibido que estuvieran aún descansando y no respondieran fuerte. Era costumbre del Santo Profeta (s) repetir el saludo tres veces y regresar si no había conseguido una respuesta. El Imam Ali (a) conocía este hábito suyo, por lo que prestamente respondió “Walaikum Assalam, oh Profeta de Allah (s). Pasa.”

El Santo Profeta (s) se sentó en la cabecera de la cama de su hija y le dijo: “Fuiste a verme ayer, Fátima, y luego te regresaste. Estoy seguro que era importante ¿Por qué fuiste, hija mía?”

El Imam Ali (a) contestó: “Si tú me permites, te diré por qué Fátima fue a verte. La envié a ti. La razón era porque sus tareas domésticas se han multiplicado. Me apena ver sus manos llagadas, su espalda lastimada y sus ropas polvorientas a casusa de estar trabajando todo el día. La envié a solicitarte que proveas de una mujer que la ayude.”

El Santo Profeta (s) no deseaba que miembro alguno de su familia gozara de facilidades que no estuvieran disponibles para los musulmanes pobres, especialmente los inmigrantes, que se hallaban en un estado de extrema pobreza en esa época. Conocía el nivel espiritual de la fe de su hija, por lo que dijo: “¿Preferirías que te diera algo mejor?”

“Estaríamos complacidos de aceptar, Ya Rasul Allah (s).”

“Cada día, antes de ir a la cama, recita “Allahu Akbar” 34 veces, “Alhamdulillah” 33 veces y “Subhanallah”, 33 veces. Te dará más fuerzas para llevar a cabo tus tareas que cualquier otra mano que te ayude.

La Dama Fátima (a) no había descubierto su rostro hasta ese momento. Quitó la sábana de su rostro y dijo: “Mi placer reside en lo que complazca a Allah (SWT) y a Su Mensajero (s).”

 

Ganar el Propio Sustento

El Ima Jafar al Sadiq (a) se hallaba ocupado trabajando en su jardín, usando ropas de trabajo con la pala en la mano, cuando uno de sus amigos, Abu Umro Shaibani llegó. Viéndolo empapado en transpiración por el calor y el trabajo, pensó que necesitaba un obrero, por lo que el Imam (a) había optado por trabajar él mismo.

Se paró delante y le dijo: “Permíteme ayudarte a terminar la labor.”

El Imam (a) le dijo: “No. Me gusta trabajar en la huerta con mis propias manos. Es necesario que un hombre enfrente el calor del sol y sienta el cansancio de ganarse su propio sustento.”

 

Causa y Efecto

Ali ibn Talib (a) dejó su casa y, como siempre, se dirigió a la jungla. Estaba familiarizado con las sendas poco transitadas de la jungla. Iba cargando algo en su espalda. En el camino, un transeúnte le preguntó: “Ali, ¿qué es ese peso que estás cargando en tu espalda?” “Palmeras datileras ¡Insha Allah!” le contestó. “¿Palmeras datileras?” Claramente no había entendido lo que Ali (a) quería decir.

Unos años después, notó un huerto de palmeras datileras, que se elevaban altas y elegantes en el lugar en el que Ali (a) había plantado los retoños que había criado con sus propias manos. Su sorpresa, entonces, por el comentario de Ali (a), se desvaneció cuando vio los árboles crecidos con sus propios ojos.

 

Traducido por Fabiana Ríos, para UMMA, de:

http://www.imamreza.net/eng/imamreza.php?id=8978

 

 

Filed in: Económico, Familia, Grandes Mujeres, Moral y Familia, Social

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