10:31 pm - Sábado julio 20, 2019

La Mujer, la Economía y el desarrollo humano

El factor humano

Durante todo el proceso de liberalización, ajuste y privatización, se dejó de lado la preocupación por los pobres. Los dirigentes políticos presumieron que, aunque la pobreza aumentara en el corto plazo, era un precio que había que pagar por la estabilidad a largo plazo y el crecimiento económico.

Se levantaron muchas voces de protesta, incluidas las de los sindicatos, las iglesias, las organizaciones no gubernamentales, la Organización Internacional del Trabajo y el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF), que publicó el documento “Ajuste con Rostro Humano”. Si bien no dudaba de la necesidad de cierto tipo de ajuste, el UNICEF exhortó al FMI y al Banco Mundial a prestar atención a la pobreza y a los seres humanos. Entre diversas propuestas, sugirió que se mantuvieran los servicios básicos mínimos, especialmente para los más vulnerables, y que se distribuyera la carga del ajuste de manera más equitativa. Pero el principio básico consistía en que las preocupaciones por los seres humanos no debían ser “elementos adicionales” de un mismo conjunto de políticas de ajuste; en cambio, debían incorporarse en un marco nuevo e integrado de desarrollo a largo plazo, centrado en los seres humanos.

Algunas de las exhortaciones para que se adoptaran nuevos criterios de ajuste procedieron de movimientos femeninos. Las mujeres con frecuencia debían soportar la carga del ajuste; pero rara vez se tomaban en cuenta sus necesidades y preocupaciones al formular políticas de ajuste. Las familias con un solo progenitor, generalmente encabezadas por mujeres, eran las más afectadas. Todo ello destacaba la necesidad de “dar a las políticas de ajuste un enfoque de género”.

Cómputo del trabajo no remunerado

Gran parte del trabajo que se hace en la sociedad no se reconoce y se subvalora: el trabajo doméstico y el trabajo en la comunidad. Y la mayor parte de ese trabajo es realizado por las mujeres. En las estadísticas de los países industrializados se omiten aproximadamente dos tercios del tiempo total de trabajo de las mujeres, pero sólo de un tercio del de los hombres. En los países en desarrollo, la proporción es semejante respecto de las mujeres, pero respecto de los hombres se reduce al menos de la cuarta parte.

En el Informe sobre Desarrollo Humano 1995 se estimó que, además de la producción mundial registrada en 1993, por valor de 23 billones de dólares, el trabajo doméstico y comunitario generó otros 16 billones de dólares. Y las mujeres aportaron 11 billones de dólares a ese producto invisible.

En la mayoría de los países, las mujeres trabajan más que los hombres. En el Japón, la carga de trabajo de la mujer es aproximadamente un 7% superior a la del hombre; en Austria, 11% superior; y en Italia, 28% superior. Las mujeres de los países en desarrollo tienden a soportar una parte de la carga de trabajo superior aún a la correspondiente a los países industrializados, como promedio alrededor del 13% superior a la carga del hombre, y en las zonas rurales, un 20% superior. En las zonas rurales de Kenya, el trabajo de las mujeres es superior en un 35% al de los hombres.

En algunos países, la carga de trabajo de la mujer es extrema. Las mujeres de la India trabajan 69 horas a la semana, en tanto que los hombres trabajan 59. Las mujeres nepalesas trabajan 77 horas y los hombres, 56. En Moldova, las mujeres trabajan unas 74 horas a la semana, y en Kirguistán, más de 76 horas.
Se están haciendo esfuerzos por comenzar a computar el trabajo doméstico en el Sistema de Cuentas Nacionales, de las Naciones Unidas. La revisión del sistema de cuentas hecha en 1993 incluye como producto económico todos los bienes producidos en los hogares para su propio consumo. Según esta revisión, se propone la creación de cuentas satélite para reflejar cabalmente el trabajo no orientado al mercado, incluido el servicio doméstico. Sólo cuando el trabajo doméstico y comunitario se cuantifique plenamente y se estime su valor en equivalente monetario, recibirá el trabajo de las mujeres el pleno reconocimiento que merece.

Una limitación de las nuevas teorías sobre el crecimiento económico es que tratan a los trabajadores como si aparecieran mágicamente todos los días, listos para hacer su trabajo. Tampoco pueden explicar la forma en que se prepara a la siguiente generación de trabajadores para empleos productivos.

La preparación de los trabajadores, tanto actuales como futuros, es parte de la “reproducción social”, que abarca muy diversas actividades. Incluye el surgimiento de una nueva generación, desde el alumbramiento hasta el cuidado y la crianza de los niños. La mayor parte de este trabajo es realizado por mujeres, quienes realizan además el grueso del resto del trabajo de atención: administrar el hogar y cuidar a los que no pueden trabajar, como los enfermos y los ancianos.

La contribución de las mujeres a la reproducción social no se limita al hogar. Ellas son responsables también de ciertos tipos de trabajo en la comunidad. Un estudio reciente hecho en los Estados Unidos llegó a la conclusión de que, aunque los hombres y las mujeres hacen igual cantidad de trabajo voluntario y socialmente valioso en la comunidad, existen claras diferencias de género en cuanto al tipo de trabajo que realizan.

Los hombres son más activos en los grupos cívicos, políticos y profesionales, en tanto que las mujeres participan en actividades de apoyo social en organizaciones caritativas, de servicios de salud y educacionales. En el Reino Unido, los sistemas de atención de la comunidad que han surgido desde el decenio de 1980 dependen principalmente de las mujeres. Y en el Líbano, son las mujeres quienes han formado las redes de organizaciones callejeras que prestan muchos servicios sociales vitales.

La importancia social del trabajo en el hogar y en la comunidad trasciende sus efectos económicos. Merced a este trabajo se “reproduce” la sociedad, no sólo los trabajadores. Y en este sentido, dicho trabajo tiene un valor humano intrínseco que no puede reducirse a unidades de dinero o de tiempo. Gracias a esas actividades, se enriquece a las familias y las relaciones de la comunidad, se mantienen las tradiciones culturales y se mejora el desarrollo humano.

Ésa es “reproducción social” en sentido amplio. Las nuevas teorías acerca del crecimiento económico pueden considerar esas actividades sólo como insumos de la producción, como cierto tipo de “capital social” o como una forma amplia de “capital humano”. Por el contrario, dentro del criterio de desarrollo humano hay una preocupación fundamental acerca de ellas como actividades sociales que revisten importancia fundamental.

En la concepción islámica el grado de participación femenina en el desarrollo de la sociedad ha sido reconocido y por ello Dios ha dispuesto la obligación de otorgarle el sustento y proveerla de sus necesidades, materiales, afectivas y espirituales. Pero, al mismo tiempo no le restó independencia a la mujer, reconociéndole sus derechos a trabajar y ser dueña de su propia economía y administrarla libremente como quiera. Precisamente, a raíz de una justa valoración del rol de la mujer en la concepción, crianza, preparación y desarrollo de la sociedad humana, es que la libró de las obligaciones de procurar el sustento propio y de la familia. Pero, no obstante, cuidando la prioridad de las ocupaciones familiares, la estimuló para que, en la medida de sus posibilidades, participe también de otras formas en el desarrollo económico e incluso, en el terreno social, político y cultural le confirió obligaciones comunes a la de los hombres.

El fundador de la República Islámica de Irán, el Imam Jomeini (la Misericordia de Dios sea sobre él) dijo: “El Islam no solamente está de acuerdo con que trabaje la mujer, sino que mientras no interfiera con su rol fundamental, es decir, la educación de los hijos y el cuidado de la familia, incluso lo considera necesario. Un país no puede prescindir de la fuerza laboral de la mujer en diferentes áreas, pero esta labor no debe oponerse a su nobleza y dignidad moral y valores espirituales. La mujer no debe ser humillada bajo ningún aspecto”.”La autoconciencia y la autovaloración de la propia dignidad de la mujer son bendiciones que la revolución (islámica) le ha deparado. La mujer camina a la par del hombre en procura de los grandes ideales humanos. Esto sólo se logra por medio del cuidado material, moral y espiritual de uno mismo y la autopurificación de la propia alma de los egoísmos y vicios que la corrompen”.
Fuentes: Naciones Unidas 1995 y PNUD 1995: Reproducción social y crecimiento

Filed in: Económico

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