11:16 pm - Martes mayo 21, 2019

La mujer musulmana y el peligro de cultura de occidente

EN NOMBRE DE DIOS, EL COMPASIVO, EL MISERICORDIOSO

Por Juan Manuel Yangüela
Licenciado en Ciencia Política

Introducción

Durante milenios, las civilizaciones reposaron en la mujer. Su papel de formadora de la próxima generación, apenas reconoce minúsculas excepciones. Y ese papel decisivo basado en el reconocimiento implícito de la diversidad y de la complementariedad de ambos sexos.

Desde el siglo XIX el progresismo en Occidente irrumpe en la cuestión a partir de la absurda idea de la igualdad de hombres y mujeres, y en poco más de un siglo destruye lo que la naturaleza y la civilización habían construido en milenios. El primer golpe fue convencer a las mujeres de que sólo los trabajos masculinos eran importantes.

El segundo golpe fue la creación de un sistema social y familiar en la que el trabajo femenino se fue haciendo cada vez más necesario e inevitable.

Con estas realidades se colocaba la mujer en la primera de las trampas de la modernidad. Para funcionar, el sistema montado exigía una de estas dos cosas:
a) Que las mujeres dejaran de tener hijos y estos se “produjeran” con artilugios biológicos y químicos (ésta fue la solución imaginada por Aldous Huxley en su novela “Brave New World”).
b) Que las madres ya no criaran más a sus hijos (esta fue la solución ensayada, por ejemplo, en algunas granjas israelíes. Terminó en un fracaso total).

No dándose ninguna de esas dos soluciones, el feminismo occidental imponía a la mujer esta realidad: el ejercicio de algún trabajo o profesión no la librada _ no la podía librar_ de sus responsabilidades de esposa y de madre, si lo era. Con lo cual, lejos de conquistar un lugar igual al lado del hombre se encontraba con que en el reparto le correspondían a ella dos papeles que en numerosísimos casos se mostraban total o parcialmente incompatibles.

El resultado a la larga no era dudoso. Una proporción creciente de las mujeres “modernas” de Europa y Estados Unidos optan por tener una “pareja” (o varias, simultáneas o sucesivas) pero no tener hijos. En el mejor de los casos, el ideal para tales mujeres toma el nombre del matrimonio “dink” (double income, no kids – ingreso doble, sin hijos). Las consecuencias de todo esto sobre la evolución de la población se leen por ahora en las notorias estadísticas y en las terribles dificultades de los sistemas provisionales, pero en su momento causarán una catástrofe inimaginable.

Pero todo esto, a pesar de su atroz gravedad, no es el peor. El progresismo luchaba también por suprimir todo aquello que diferenciara a la mujer del hombre. La próxima víctima tenía que ser el pudor. Persistentemente se luchó contra ese sentimiento que parte de la conciencia de la parte animal de los seres humanos y se convierten en tal (en pudor) al encontrarse con la delicadeza propia de la condición femenina. El pudor era la señal de la mujer, muralla exterior de su condición.

Tras un siglo de lucha, hoy se ha matado el pudor en millones de mujeres, que no dudan en exhibirse desnudas (con tres trapitos malcubriendo sus “vergüenzas) todos los veranos, a lo que deben agregarse otros millones que se desnudan por precio en los sets de televisión y en los estudios de los pornógrafos. El resultado es un mar de carne femenina convertida en un pingüe negocio al alcance _ televisión e Internet mediante _ de todos los bolsillos y de todas las edades.

La liberación femenina, que prometía la dignificación de la mujer frente al menosprecio masculino, la ha convertido en el más banal de los objetos de consumo para el hombre, en el más barato de los gags de los que vive la sociedad enferma que marcha hacia la nada.

La modernidad y el feminismo en Occidente, uno de sus hijos dilectos, prometía valorizar a las mujeres “despreciadas” por las religiones y fundar la revalorización en la razón.

Pasado el tiempo, podemos contemplar el triste desemboque, la inmensa pasarela de mujeres que han perdido el recato y el pudor, que eran sus armas para defender su condición y se han rendido a los hombres que las tienen, íntegras, al alcance de la vista durante el día y al alcance de la mano cuando el sol empieza a bajar.

El feminismo y la liberación femenina culminan en esta reducción de la personalidad de las mujeres a mujeres – objetos. Los hombres que ven en ellas sólo una presa que no merece sino desprecio porque se entrega al cazador sin resistencia.

No diré que toda mujer que se exhiba sin pudor ni recato esté ya perdida para la virtud. Pero si diré enfáticamente que el sistema la ha hecho pisar el primer tropezón. No se puede pedir la misma integridad a quien respeta su cuerpo que a quien lo tira a los perros.
“El entorno social permisivo promueve la sensualidad y la vida licenciosa” decía el gran Ayatullah Murteza Mutahhari.

Occidente ha dejado de ser para no ser nada. No tiene vocación de ser. Su ciclo está agotado. Pero no su exportación del material cultural decadente. Occidente busca a través de su arrogancia y prepotencia la colonización cultural del mundo islámico. Debemos estar alerta. Tanto en la diáspora como en sociedades islámicas.

Todos mis aportes y conocimientos en este artículo, lo hago desde la situación de decadencia que vive mi país, la Argentina. Mi país vive una crisis dentro de la crisis, una decadencia en el marco de la decadencia de Occidente. Disolución de la disolución.

La cara más repulsiva y más decadente del sistema que nos gobierna: la cultural. Porque la faz cultural del régimen es la que muestra con mayor claridad y contundencia su quiebra.

Son extrañas algunas de las metas a las que lleva el feminismo occidental. Lucha para que se reconozca a las mujeres en la política y en las empresas, pero al mismo tiempo les hace perder las virtudes y la personalidad femeninas que antaño conquistaban un lugar propio en la sociedad, sin necesidad de “cupos”.
Sociedades enfermas. Toda la cultura actual está penetrada de hedonismo, de individualismo, de superficialidad.

En el siguiente trabajo, incluyó cuatro apartados donde describo la situación cultural de Occidente a partir de la proliferación del movimiento feminista y sus consecuencias, y por otro lado, explicó los peligros de la exportación de la decadencia occidental hacia el mundo islámico tanto para las sociedades musulmanas como para aquellos que viven en la diáspora. Este último punto es más bien un alerta sobre el riesgo eventual de adoptar el modelo occidental.

La imbelización de las masas a través de los medios de comunicación

La fuerza de presión que el mundo moderno ejerce sobre cada persona no puede compararse con ninguna otra. Esa fuerza está dada por instrumentos de persuasión infinitamente más poderosos que los que antes existían.

Los medios masivos de comunicación en general y la televisión en particular son las vías por las que se canaliza esa fuerza de presión. Para ello, usan cuatro métodos de persuasión: información (un noticiero), incitación (publicidad), opinión (una “mesa redonda”) y diversión (series, películas, shows, etc.). En los cuatro, todo es mensaje, todo tiende a conformar al espectador a imagen y semejanza del medio. No es que “el mensaje es el medio”.

La realidad es que el espectador termina siendo lo que es el mensaje del medio. Veamos cada una de las formas del mensaje. La información es selectiva, insiste y destaca todo lo que afirma la mentalidad moderna. En cuanto a la incitación, es incitación al consumo, es decir, colocar en el centro de la vida el tener como fuente de realización y felicidad.

La parte de opinión, las mesas redondas, no son “redondas” por casualidad. No tienen cabecera. Todas son presentadas como opiniones equivalentes y el propósito no es llegar a establecer una verdad, sino que cada cual pueda opinar. Un cura, un rabino, una prostituta y un afinador de pianos. Todos los cuales hablan como si supieran del tema que se debate. Es cierto que de vez en cuando se pueda oír una voz sensata. Son “accidentes” en el sistema, cuya función esencial es hacer que todo sea cuestión opinable. En cinco minutos no se puede decir nada importante sobre ningún tema. Y menos cuando la opinión va a quedar enredada entre mil hileras de palabras tendientes a confundir.

Por último, la diversión es la frutilla del postre. Tiene mil formas, pero responde a no más de media decena de estereotipos: el primero es el de la pornografía. La pornografía no es sólo diversión. Lleva un mensaje profundísimo e importantísimo. Es la banalización del sexo, su conversión en una actividad lúdica.
Esta “diversión” le da al sexo mucho más tiempo del que le corresponde en el panorama de una vida en verdad humana. Pero le quita toda su importancia, lo convierte en un objeto de consumo como un auto último modelo o un jabón de tocador.

Para qué decir lo que hace con la mujer. Es la única parte en que es razonable el discurso feminista. No hay cultura más denigratoria e injuriosa para la mujer que la del capitalismo tardío. No hacen falta muchas pruebas: basta mirar un día de televisión o contemplar con atención un quiosco de revistas. Decir que la mujer ha sido convertida en un objeto de consumo tiene un triste destino inexorable: se gastan, se envejece a velocidad supersónica.

La mujer ha corrido el destino del sexo: se ha banalizado, ha permitido comprobar que su anatomía es monótona y ha producido una fatiga impensada. Todas las estadísticas muestran esa actitud de saturación y de cansancio. El sexo, la mujer, están en todos lados, pero mucho menos que antes en la atención del hombre, que sufre una verdadera sobredosis de sexo.

El resto de la diversión participa de los caracteres de la pornografía. Un niño que ha sido sometido desde la más temprana infancia a un régimen de cuatro horas de televisión tiene, en el mejor de los casos, zonas muertas en su espíritu. Ya sólo percibe sensaciones.

Lo que sucede es producto de una convicción muy arraigada en el hombre moderno, de su concepción de la libertad como licencia para pensar y hacer “lo que quiera”.

Estas cuestiones “relacionadas con el sexo” están indisolublemente unidas a la familia. Lo que estamos defendiendo como musulmanes, no son _ como dicen ellos_ “tabúes” sexuales sino la solidez de la vida familiar. Un sexo sin límites es destructivo de la familia, porque ésta implica _ precisamente_ la colocación de lo sexual dentro de un orden. No el rechazo de lo sexual, sino su rescate de lo puramente animal y su inserción en un orden humano.

Pero hay otro aspecto de la ideología de los medios que conviene destacar. El primer aspecto que acabamos de considerar está vinculado al tema de los géneros y las conductas sexuales que afectan a la familia. El siguiente es el tema de los derechos humanos, al que los medios han otorgado un papel central.

Hay una cuestión decisiva en esto, que es la perspectiva desde la que se platean los derechos. A todo derecho corresponde una obligación. Si tengo derecho a transitar, hay una obligación de dejarme hacerlo. El problema comienza cuando presiento que las relaciones humanas exclusivamente desde el ángulo de los derechos. De ese modo convierto al otro en alguien al que debo exigirle el respeto de tales derechos.
Si, en cambio, planteo la cuestión del lado de las obligaciones, el otro es alguien al que le debo algo, algo que surge de mi obligación hacia él.

El mundo de los derechos es un mundo de ajenos que deben cuidarse de no pisar mis derechos. El mundo de las obligaciones es un mundo de preocupaciones por el otro, al que le debo el cumplimiento de mi deber. El resultado concreto del mundo de los derechos es el refuerzo del individualismo. Cada hombre es una isla pertrechada de derechos.

En la otra tesitura, cada hombre está ligado a todos los otros por su obligación hacia ellos de cumplir con sus deberes. Hay una obligación de amar. No hay ningún derecho de ser amado.

La educación sexual, coronación de la enseñanza progresista

Es algo obvio que hablar sobre la educación hay una matiz inevitable de conducción de e – ducere (conducir). Unas generaciones de padres y maestros toman a su cargo otras generaciones de menores, y les muestran el camino que proponen. De aquí venimos, hacia allá vamos. Toda educación es educación en los valores que una generación le transmite a otra.

No hay más que dos formas de transmitir valores: la forma discursiva, la enseñanza racional de las virtudes es la primera. La segunda, que se halla mucho más extendida (ahora y siempre) es el ejemplo, es el relato de lo malo que le sucede al que obra mal, y los bienes que puede esperar aquel que obra bien.

Desde muchos lugares voces autorizadas hablan, últimamente, de la tiranía del relativismo. El relativismo convertido en religión. Esa tiranía está montando su cárcel a nuestro alrededor sin que haya una reacción de signo contrario pero de fuerza equivalente. El relativismo y el laicismo han expulsado, primero, a los valores morales de la escuela. A continuación los medios de difusión pusieron en pie un sistema de contra – valores, y por último la escuela asumió esos contra – valores transmitidos por los medios, reforzando su mensaje. En muchas partes del mundo se está enseñando a los niños y jóvenes una materia titulada “educación sexual” que viene a ser como la coronación de la enseñanza progresista, una especie de frutilla del postre delicioso que es hoy (que quisiera ser hoy) la educación. La sustancia de la materia (anatomía y técnica sexual) se enseña con media docena de clases.

Los docentes encargados de la educación sexual preparan un cuestionario destinado a alumnos de 12 a 15 años, en el que se formulan preguntas sobre sexo con un lenguaje crudo, tan crudo que ocasionalmente, llega a provocar algún tipo de reacción airada de padres. Y también de algunos periodistas.

Ahora ¿qué se imaginan? ¿Qué estos protagonistas modernos y posmodernos de una “educación sexual” para adolescentes se van a detener en algún punto de racionalidad o sentido común? Si se tira la borda la vergüenza, el pudor y la limpieza ¿dónde se pondrán los límites?

Da pena escuchar a pedagogos o padres occidentales sorprendidos cuando los colegios tropiezan con un educando ineducable. ¿Lograrán algún día entender que la otra educación _ la informal, la TV_ los ha convertido en lo que son: unos animalitos, sin freno ni interés en nada, malcriados por un medio que lo único que transmite es una demencial libertad sin límites?

Pero sobre todo ¿alguien cree en seria que la materia “educación sexual” tiene como meta principal educar la sexualidad? Es obvio que se trata simplemente de un paso más en la edificación del hombre nuevo del nuevo milenio. Del relativismo en los principios se pasa al relativismo de las conductas. Del “sapere aude” (atrévete a saber) de Kant se pasa al “agere aude” (atrévete a actuar). Y de esa experiencia salen hombres y mujeres absolutamente incapaces de afrontar un matrimonio y una familia. La promiscuidad y el hedonismo como programa de vida hacen imposible ni siquiera pensar en la fidelidad, el sacrificio, la responsabilidad. Y sin ellos no hay matrimonio posible, no hay familia que dure.

Una nota de Diario Crítica del año pasado relata la oferta en la web de una señorita rumana de 18 años de dad, que ofrece su virginidad a cambio de los fondos necesarios para costearse una carrera universitaria. Parece que tal cosa (la virginidad) es un bien depreciado por exceso de oferta y la señorita rumana tendrá que mejorar su propuesta para conseguir demandantes. Apenas hubo interesados. Igualmente creo que luego apareció un empresario italiano, con el cual perdió la virginidad. Y con ella, su dignidad.

Pero a propósito de este suceso, recordemos otro caso _ esta vez norteamericana_ llamada Natalie Dylan (pionera en la materia) de 22 años de edad que ofreció lo mismo que la rumana y para justificarse declaró “vivimos en una sociedad capitalista ¿por qué no habría de capitalizar mi virginidad?” .

Por un lado, siento pena por estas jóvenes, pero en cierto modo me alegra, confieso, leer este tipo de cosas. Quiere decir que hasta las señoritas rumanas desprejuiciadas y las norteamericanas avisadas han comprendido perfectamente bien lo que es el capitalismo. No es un sistema económico basada en la propiedad privada, en la economía de mercado, en la ley de la oferta y la demanda, ni ninguna de esas respuestas que figuran en los libros de ciencia económica. El capitalismo es aquel sistema en el que todo tiene su precio en dinero, aun la virginidad y ese precio representa el máximo valor que la sociedad atribuye a las cosas.

No es, en efecto, un régimen que se defina por tecnicismos económicos, es un sistema que da predominio al ethos (conjunto de valoraciones) de los comerciantes y organiza el mundo a partir de estas valoraciones. No tiene su fundamento en el bolsillo, sino en la mente y el corazón. En el capitalismo lo que se termina amando por sobre todas las cosas es el capital.

Y en lo sexual se convierte en el lenguaje común, en instancia unificadora de la modernidad.
No vale la pena para los occidentales escandalizarse. Una lengua franca se está forjando ante nuestros ojos. La caída de todas las reglas, restricciones y límites en materia sexual es el camino que se utiliza para introducir a los jóvenes en la mentalidad moderna y mantenerlos en ella. Gramsci se quejaba de que los católicos tenían un discurso que podía se entendido por cualquier hombre común. Ahora, los progresistas lo han encontrado y lo utilizarán sin demora. Lo sexual es un lenguaje que todo el mundo practica. Es cuestión de conquistar a la juventud prometiéndole una vida de continuo goce. Una vez que entró por esa puerta automáticamente rechazará toda opción, que implique sacrificar ese horizonte.

Son los pecados occidentales por tener una educación moderna ausente de toda tradición, autoridad y religión.

Banalización del sexo

El sexo como función zoológica tiene dos consecuencias: el placer y la procreación. Los animales (mamíferos superiores) que comparten con el hombre casi toda la mecánica del sexo, solo advierten la primera de las funciones, por su inmediatez con el ejercicio. La procreación, en cambio, está separada en el tiempo y no puede, en consecuencia, ser percibida. Exigiría una conclusión causa – efecto imposible para las bestias.

El hombre, en cambio, sabe que lo sexual es o puede ser la causa de la procreación. Aquí tenemos la primera diferencia del sexo humano. Ese conocimiento abre por un lado las puertas de la responsabilidad, y por el otro da un primer fundamento, desde el punto de vista natural, a las instituciones que contienen y reglamentan esa responsabilidad. El sexo propiamente humano es, pues, el sexo responsable, el sexo en el que se supera lo animal y se lo pone al servicio de un propósito.

El programa de la modernidad triunfante es un regreso al sexo irresponsable y banal de los animales. El talante triunfante no difiere en nada al vigente entre los animales. Andar lo más posible desnudo, usar el sexo sin restricciones o normas. Eso es lo que hacen los perros, el ganado vacuno y en general los mamíferos. Pero no puede llamar la atención esta “solución” de lo sexual cuando en el ámbito culto de las universidades se enseña que el hombre no es otra cosa que una especie animal más.

Esta actitud se complementa con una lucha feroz _ y con todos los medios disponibles_ contra la maternidad. Las diversas formas de contracepción y, sobre todo, la muy organizada campaña mundial por el aborto muestran el camino. La maternidad ha pasado, de ser una responsabilidad y un gozo, a ser una “consecuencia” contra la que hay que estar prevenido.

El sexo se ha convertido _como en los animales_ en pura fuente de placer. La dinámica de esta posición tenía que llevar _ y llevó_ al desprestigio de las formas responsables y humanas de lo sexual. Para hacer estallar la familia se han inventado “nuevas formas” de ella que tienden a acercarla al ideal del sexo – placer. Así se ha calificado en Occidente de familia y se intenta igual en derechos, las uniones entre homosexuales que por definición no apuntan sino al placer.

Vivimos en una época que ha hecho de lo sexual una revolución cultural, empeñada en olvidar que el deseo del placer convierte el equilibrio humano en algo peligrosamente inestable.
El Islam enseña a los seres humanos a sobreponerse a las predisposiciones naturales de la sensualidad del cuerpo que vayan a gobernar las sensibilidades del cuerpo. Se requiere es eliminar las causas y tendencias internas.

Pero el ataque más burdo ha sido la llamada ideología de género, según la cual los seres humanos deberían clasificarse de acuerdo a sus peculiares gustos sexuales. Debería sorprender que en una cultura como la occidental, caracterizada entre otras cosas por la reflexión racional, haya personas capaces de sostener semejante sandez, que pone al 97 % de la población mundial en uno de los géneros y al 3 % restante en los otro cinco.

No debería, sin embargo, asombrarnos. No es sino una de las consecuencias de olvidar el sexo – responsabilidad y ensalzar el sexo – placer como fundamento de todo. Lo trágico es que estas jugadas ideológico – semánticas tiene a la larga resultados terribles para las realidades sociales y en especial para la juventud. La frecuentación del sexo – placer desde muy jóvenes afecta sobre todo a los hombres y los hace cada vez más ineptos para una relación madura y responsable. El matrimonio y la familia se vuelven fórmulas hueras que disimulan el ejercicio del sexo – placer y que, en consecuencia, se deshacen ante la primera dificultad. El divorcio es la enfermedad necesaria de estas uniones contraídas por quienes han olvidado la dura problemática del matrimonio responsable.

El estallido de la familia

Todas las reivindicaciones de la modernidad suponen la elevación de los problemas a normas. El divorcio como fracaso del matrimonio, el aborto como fracaso de la paternidad, la homosexualidad como fracaso del sexo normal. En cado caso, se razona a partir del fracaso y se defiende ese fracaso como engendrador de la norma.

Esas son las vías de penetración en la sociedad que de esa manera se cuartea y derrumba. La consecuencia inevitable es el estallido de la familia, con un padre y una madre con funciones imprescindibles e irremplazables. Y una sociedad es tan feliz como lo son sus familias.
Porque la sociedad tradicional enseñaba que la familia es la célula básica de la sociedad, una institución sobre la que se edificaba todo un orden social. Pero hoy ¿se puede construir una sociedad sobre el divorcio cada vez más fácil, sobre el aborto como un “derecho”, sobre el “matrimonio” de homosexuales? Los valores del progresismo: el hombre triunfante sobre los dioses, sirve para formar una sociedad de individualistas patológicos, es decir, una sociedad que en el largo plazo es inviable.

El objetivo final del progresismo aliado cultural incondicional del capitalismo salvaje es la inmanencia, el mundo sin Dios, el hombre sin ataduras. El camino es la libertad absoluta y la igualdad completa.
El fracaso de la familia ha sido un gran negocio para los psicoanalistas que se han visto saturados por la cantidad de demandas de consultas y terapias. No para solucionar el problema, sino para agudizarlo. Viven de la enfermedad. No la quieren sanar.

Pero, de todos modos, es un negocio que cuesta caro. La desintegración del tejido social es un problema agudo.

El gran obstáculo para las utopías es la familia. Siempre se tropieza con la familia. Es que ella introduce, en ese mundo ideal, los avatares del amor, la predilección de los padres por sus hijos, la herencia, el hogar como sede. Todo ello es intragable para quienes imaginan un mundo regido tan sólo por la razón, un mundo de iguales en el que no hay preferencias que no sean racionales, una riqueza dividida por igual, unos edificios comunes donde no se imponga el cariño sino el mérito. Cuando se arman, en la cabeza, esos mundos perfectos, de pronto se tropieza con la familia, que rompe los esquemas racionalistas, que es una pequeña sociedad de amor y de religión, y no de trabajo y eficiencia.

Occidente avanza en los nacimientos producidos en “fábricas de hombres”, bebés “in vitro”, pero sin necesidad del vientre materno. Se trata de liberar a la mujer de la maldición del embarazo. Puede tener sexo sin sentido sin consecuencias, y si se olvidó de preverlo, esta la píldora del día después. Y si no funcionó, está el aborto gratuito, y seguro, con todas las garantías de la ciencia. Ahora, ¿por qué no librar definitivamente a la mujer de su carga y traspasarla a las fábricas de hombres? Eso sería la culminación del sexo sólo como un pasatiempo, sin ninguna posibilidad de consecuencias, porque a la instalación de las fábricas seguiría, desde luego una operación irreversible que anulara la función procreadora de la mujer.
Por fin, los occidentales han entendido cómo es la cosa, y dónde hay un enemigo feroz: la familia musulmana. En ese simple hombre que quiere unirse a una mujer, con voluntad de permanencia y para tener hijos. Se han dado de que llamar familia es darle un nombre prestigioso a una tragedia: la pobre madre (o padre) que tiene que afrontar solo la crianza de los hijos. Y que llamar familia a la triste unión de dos “alegres” (gays) no es otra cosa que juego de palabras.

La familia es y será siempre la misma, la construida sobre la base de la naturaleza humana. Quieren los occidentales culminar la utopía moderna con la abolición lisa y llana de la familia, pues mientras subsistan esos retrógrados matrimonios que dan culto a Allah (alabado sea Él) y crían hijos en la fe verdadera, la modernidad no habrá triunfado del todo.

A pesar de la larga crisis por la que atraviesa, la familia no parece tener alterativa viable. La familia es la institución educativa más sencilla y universal, la más económica y eficaz, y también la única capaz de proporcionar una educación completa.

Chesterton decía que quienes hablan contra la familia no saben lo que hacen, porque no saben lo que deshacen. Pues la familia es la primera condición de la vida humana, como el aire, el agua, la luz y la tierra.
Con toda claridad el mártir Ayatullah Murteza Mutahhari nos sentencia una verdad indiscutible, irrebatible: “el matrimonio y la vida familiar son aspectos funcionales muy importantes de una sociedad. Son responsables de los aspectos institucionales para beneficio de la posteridad. La crianza familiar de los hijos determina la calidad de las generaciones sucesivas. En este contexto, las mutuas capacidades individuales de marido y mujer para la crianza apropiada de los hijos, es un factor crucial. Al mismo tiempo, un padre preocupado por el nacimiento de su hijo es más propenso a conducirse positivamente en su educación” .
Porque, como tantas veces en la Historia, aquí, se trata de eso, de la demografía, de vivir o morir, de prolongarse en la descendencia o de abroquelarse en un individualismo que es la máscara de un egoísmo sin límites.

Como dice el filósofo José Ramón Ayllón: “Sin familia, la especie humana no es viable, ni siquiera biológicamente. Un niño, una anciana, un hombre enfermo, no se valen por sí mismo y necesitan un hogar donde poder vivir, amar y ser amados, alimentados, cuidados. El hombre es un ser familiar precisamente porque nace, crece y muere necesitado. Además, todo hombre es hijo, y esa condición es tan radical como el hecho de ser varón o mujer. Ningún niño nace de una encina, decía Homero, y tampoco en soledad, sino en los brazos de sus padres: nace para ser hijo. Por tanto, la filiación, la dependencia de origen, es una característica fundamental de la persona” .

La mujer musulmana y el Nuevo Orden Mundial

No pasa día alguno sin que los periódicos mundiales nos anoticien sobre algún hecho de violencia contra la mujer en sociedades islámicas o sobre el estado de situación del “velo islámico” en sociedades occidentales. Sin contar con las películas hollywedense que actúan como verdaderos lobbys en contra del mundo islámico, en general, y de la mujer musulmán, en particular.

“La mujer musulmana es oprimida por el Islam” es allí unas de las afirmaciones, más aceptadas en el mundo y que por sí sola parece explicar el carácter irreducible de la civilización islámica.
La mujer musulmana se encuentra en el centro de un debate universal y polémico relativo al papel de la religión, de la tradición, de la libertad y de la modernidad. “La mujer musulmana es víctima de todas las opresiones…” “y a través de ella se percibe la opresión del hombre árabe o musulmán, de las leyes intransigentes y crueles de la sharia, en resumen de este Islam totalitario, machista y tiránico”. Promueven un cuadro de una mujer musulmana como de segunda categoría, y sobre todo, intentan exponerla como un retrato contrapuesto a la modernidad, la civilización y la libertad.

Según la visión occidental, la mujer musulmán goza de todos los récords de discriminación, alineación y atraso. Es el retrato personificado de la mujer sometida. Sometida a los hombres, a las costumbres tribales y a las leyes intransigentes de esta religión que es el Islam. Ella es la víctima ineluctable de un Islam totalitario, machista y tiránico.

Muchas veces estamos invitados a pensar en la ignorancia de los medios de comunicación en el tratamiento de la información. En mi caso, pienso que pueden existir casos aislados donde la falta de conocimiento no permite una correcta lectura de la información, pero la mayor parte de los ellos se trata de malicia, de mala intención, de “mala fe”. La tergiversación de la realidad no es gratuita, cuando un ataque dañino se torna constante, continuo, permanente hacia la imagen de la mujer musulmán y a la reafirmación de su identidad a través del uso del velo islámico (hijab). Entonces, cabría preguntarse el por qué de esta mala intención.

Aquí nos encontramos con los objetivos del Nuevo Orden Mundial, con el famoso “choque de las civilizaciones”, que anunciará el politólogo norteamericano Samuel P. Huntington. Y es que la mirada occidental del Islam en general ha sido siempre distorsionada, siempre fue una visión donde prevaleció el poder, la prepotencia y las ambiciones de dominación. Digámoslo claramente: el único enemigo del Nuevo Orden Mundial es el mundo islámico. Es el último escollo que queda. La última resistencia capaz de anteponer un modelo alternativo a la decadencia reinante en Occidente.

El enemigo es consciente de que el Islam intuye su juego. Por eso, utiliza el arma de la seducción cultural, el aflojamiento de la moral. Lo que brillante y grandilocuentemente lo manifestará el pasado 14 de septiembre de 2009 en un encuentro con el Presidente y los representantes de la Asamblea de los Expertos del Liderazgo, el Líder Supremo de la Revolución Islámica de Irán, Ayatolá Sayyed Alí Jameneí: “En el contexto actual, el enemigo se ha lanzado en una guerra suave contra el Estado islámico y tiene por objeto esencialmente convertir los puntos fuertes y las oportunidades del Estado en puntos flacos y en amenazas” . Guerra blanda.

Guerra cultural. Guerra cultural utilizando toda la tecnología de avanzada disponible. Si bien, el Líder Supremo de la Revolución Islámica, Ayatolá Sayyed Alí Jameneí, se dirigía en su discurso a la querida República Islámica de Irán, podemos extender su mensaje a todos nosotros que vivimos en la diáspora.

Ya lo decía Murteza Mutahhari: “la penetración cultural e intelectual occidental en nuestra sociedad (islámica), ¿no representa una estrategia propagandística mal intencionada que si la dejamos extender dirigirá al género humano a la autodestrucción?” .

La guerra no sólo se juega en el campo militar, sino en el cultural. Y tal vez, sea el más importante, por su carácter decisorio en la forma de conciencia.

La agresión a la identidad de la mujer musulmán es parte de la estrategia de la guerra suave. El Nuevo Orden Mundial es consciente de que destruyendo el concepto tradicional de la mujer musulmán, no sólo la familia entrará en crisis, sino también lo hará la comunidad, la patria, y por ende, la religión. Es oportuno citar a Frantz Fanon, quien en su artículo titulado “Argelia se quita el velo” desnuda la táctica emplea por los franceses para colonizar las conciencias de los argelinos: “Los responsables de la administración francesa en Argelia, encargados por el poder de intentar a cualquier precio la desintegración de las formas de existencia susceptibles de evocar una realidad nacional, aplicaron el máximo de sus esfuerzos por destruir la costumbre del velo, interpretada para el caso como símbolo de status de la mujer argelina. En un primer nivel, se manipuló simple y llanamente la famosa fórmula: conquistemos a las mujeres y el resto se nos dará por añadidura” . Los franceses tenían en claro que la mujer es el elemento central del tejido social, cualquier desliz en sus funciones, quehaceres, la desintegración de la comunidad cobrará vida.

El discurso sobre la mujer musulmana está plagado de tópicos que, al convertirse en usuales, parecen prácticamente irrefutables. Son repetidos hasta la saciedad y ejemplificados con patéticos relatos que inciden siempre en lo mismo. A quienes elaboran este discurso no les interesa para nada la situación de la mujer musulmana, sino el cumplimiento de sus estereotipos. La mujer musulmana como tal no es vista por los occidentalistas, no les interesa, no les preocupa cuáles pueden ser sus problemas. A ese Occidente lo único que lo mueve es el tenaz deseo de corroborarse una y otra vez. Tan inseguro está de sus valores que necesita comprobar que son universalmente aceptados y aplaudidos. La mujer musulmana real es invisible para Occidente, pertenece a un mundo que todavía no ha podido violar, y ello exaspera a una cultura que cree que lo puede manipular todo. Incapaz de rasgar el velo, se satisface en las mentiras que inventa sobre aquello que esta detrás de lo que no puede desvelar.

Se tiene incluso la impresión de que la situación de la mujer musulmán tal como se vive tradicionalmente, constituye la “infracción ideal” a través de la cual una determinada ideología hegemónica occidental quiere implicarse con el fin de desacreditar todo un sistema de valores culturales.

No obstante, considerando que la mujer occidental (incluida la israelí) ya fue destruida espiritualmente, degrada al sólo aspecto corporal, ahora queda por hacer lo mismo con la mujer musulmán. Buscan transformar a la mujer musulmán en mujer – objeto. Objeto sin valor. Mero objeto sexual. Mujer deseada sólo corporalmente. Sin espíritu. Sin identidad. Primacía de la apariencia física por sobre la personalidad y la razón.
El Nuevo Orden Mundial terminó consumiendo su propia creación. Fue el arquitecto de su propia degradación. Alentó el fenómeno del movimiento feminista, impulsándolo como un gran negocio, pero hoy esta pagando un alto precio. Sus efectos cuestan caro.

De manera que, si viniese alguien y nos preguntase: ¿Quiénes representan a la mujer occidental, cuáles son sus modelos o arquetipos a seguir? Contestaríamos sin temor a equivocarnos: Madonna, Britney Spears, Jennifer López, Shakira, Paris Hilton, Angeline Jolie, etc. ¿Qué tienen en común? Pues, todas ellas mujeres expresan el éxito profesional sin grandes sacrificios y solvencia económica. Son los típicos ídolos modernos. Los falsos dioses de la modernidad. Representan el concepto moderno de la mujer occidental liberada, sin ataduras. Pero, deberíamos agregar que se trata también de mujeres vulgares en su forma de vestir. No guardan intimidad ni encanto. Vacías. Carente de todo espíritu. Transgresoras de lo políticamente correcto.

Funcionales al sistema que las creó y las fomentó. A través de sus imágenes se nuclean campañas que promocionan la emancipación de la mujer según el modelo occidental.
Todo esto que he descripto anteriormente, quiere ser trasladado al mundo islámico. Tanto para aquellos que viven en la diáspora como aquellos que habitan en sociedades islámicas.

Por consiguiente, para alcanzar su cometido, el Nuevo Orden Mundial emplea, entre otras cosas:
” Los medios masivos de comunicación: la desinformación, el marketing, la publicidad, shows, etc., son todos elementos centrales que envían mensajes subliminales capaces de formar conciencias. Conciencias distorsionadas. Su capacidad de seducción es altamente eficaz.
” El movimiento feminista como ideología de género: tiene la misión de erradicar los roles tradicionales de la mujer, sobre todo, la función de la maternidad. Reemplazarlo por el de mujer – objeto. Mujer hedonista, que antepone sus placeres egoístas a los intereses del conjunto. Mujer materialista y utilitarista.
” La utilización de figuras famosas del arte y de la música en “acciones humanitarias”: instalando en las mentes y en los corazones la búsqueda del éxito material. Incitan a la imitación. Alejan a los jóvenes de los valores fundamentales.
” Las editoriales, la educación (escuelas, universidades): son unos de los peligros mayores. El campo más peligroso lo conforman las Humanidades. Promueven la duda y la incertidumbre. Vacilación. Disciplinas liberales que promueven filosofías materialistas y eclipsan la creencia en las enseñanzas divinas e islámicas.

No nos olvidemos, la mujer es el centro de la familia, el corazón del hogar. Es esposa. Es madre. Y es educadora. La ausencia de estos tres roles en la mujer, es un pecado que se paga muy caro. Echemos un vistazo a nuestra sociedad occidental y nos daremos cuenta del caos existencial en el que vivimos. Proliferan fenómenos de desintegración social como la violencia, la drogadicción, el alcohol, la prostitución, la industria pornográfica, etc.

Sin embargo, la consecuencia más profunda del abandono del rol tradicional de la mujer occidental, ha sido el “envejecimiento poblacional”, sobre todo en la Vieja Europa. El Nuevo Orden Mundial al impulsar la liberación de la mujer, la emancipación de las cadenas opresoras del hombre, la persecución de fines egoístas, el vivir el presente sin pasado ni futuro, ha conducido a que la mujer pierda interés en su función materna. No siente la maternidad como elemento central de su condición de mujer.

De los tres roles mencionados anteriormente, tal vez el más importante sea el la maternidad. Esta siendo cuidadosamente esmerilado, limado, erosionado, por ciertas ideologías ultrafeministas que pretenden que la gloria de la mujer debe excluir expresamente para manifestarse la maternidad. Es decir que, para esa mirada, la maternidad sería más bien una carga o un peso -y son una carga y un peso gozosos- y hasta casi sería una maldición donde la mujer debiera liberarse de la esclavitud de ser madre para poder vivir una autentica libertad, de acuerdo al impulso de sus caprichos.

De verdad creo que aquí se juega algo fundamental de la condición humana. La maternidad puede tener también cierta raíz en el mundo animal donde uno encuentra casos curiosos de entrega maternal, pero para la persona humana el papel de la madre es fundamental para la formación de esa persona y lo sabemos muy bien.

También, sabemos muy bien, como lo aclara la psicología actual, que esa relación de la madre con el bebé comienza mucho antes del nacimiento de la criatura, mucho antes de haberle visto el rostro o haberlo tenido entre sus brazos.

Es necesario no sólo dejarnos llevar por el sentido innato del aprecio a la madre que todos tenemos, sino por una reflexión sobre esto. Debemos evitar que esa cultura del feminismo extremo que es una cultura de muerte y de destrucción de la familia y del orden natural vaya abriéndose paso especialmente entre las jóvenes generaciones.

A veces en contra de la maternidad se exhiben casos desdichados, sin duda, por ejemplo de las madres adolescentes o de los embarazos no deseados y se quiere suprimir rápidamente esto sea por vía de una anticoncepción desenfrenada por vía de la esterilización quirúrgica o aún del aborto. Esto nos llaman a la necesidad de una auténtica educación para el amor que en el caso de las niñas debe ser una educación para el amor, la castidad, el matrimonio, la familia y para ejercer la autentica condición materna que es la gloria de la mujer cuando sea el momento que corresponda.
Tengamos la valentía de dar testimonio de la importancia de la maternidad para el futuro de la humanidad. Defendamos así autentica gloria de la mujer.

Conclusión

Resumiendo, el proyecto de emancipación de la mujer según el modelo occidental es un proyecto colonialista, al cual hay que resistir utilizando todos los medios necesarios, ya que toda adhesión a este modelo significa una traición a la identidad islámica.

Ahora bien, así como describimos el estado actual, debemos pensar qué hacer frente a esta amenaza. Nos topamos con lo más difícil.

Por un lado, debemos demostrar firmeza en nuestras convicciones. Difundir nuestras posiciones con vigor. No ocultarnos ni en lo público ni en lo privado para agradar al prójimo, sino identificarnos como lo que somos: musulmanes.

La mujer musulmán tiene la obligación de personificar el “contra modelo” islámico de este Occidente pervertido. La respuesta a la embestida occidental es simple: las musulmanas usan hijab (cubriendo sus cabezas y cuerpos) porque Allah así les ha ordenado: “Oh Profeta, dile a tus mujeres e hijas y a las mujeres que creen que dejen caer sus ropas cuando estén alrededor de ellos (cuando salen o están junto a hombres).

Eso será mejor para que sean reconocidas (como musulmanes) y no ignoradas…” (Qur’an 33:59).
Una segunda razón es el requerimiento de modestia en tanto hombres como mujeres. Entonces ambos serán calificados por su inteligencia y habilidades en vez de su imagen y sensualidad.

Una mujer musulmana que cubre su cabeza esta haciendo una declaración y una reafirmación de su identidad. Todo el que la vea sabrá que es musulmana y que tiene una moral.

El Corán dice: “Dile a los hombres creyentes que deberán bajar sus miradas y guardar la molestia; que los hará más puros; Allah sabe todo lo que hacen…Y di a las mujeres creyentes que deberán bajar sus miradas y guardar su modestia; y no deberán enseñar su belleza y ropas excepto en lo ordinario; que deberán dejar caer sus velos sobre sus pechos y no enseñar su belleza más que a sus maridos…” (Qur’an 24: 30-31).

El Islam no ha creado estándares sobre el estilo de vestidos o tipos de ropas que los musulmanes deban vestir. Como sea, algunos requerimientos deben ser satisfechos.

El primer requerimiento es sobre las partes del cuerpo que deben ser cubiertos.

La segunda exigencia es sobre la soltura. La ropa debe ser lo suficientemente suelta para que la silueta de la mujer no pueda ser vista.

El grosor es el tercer requisito. La ropa debe ser lo suficientemente gruesa para que no se puede ver a través de ellas ni el color de la piel ni las formas.

Otro requerimiento es el tener un aspecto totalmente digno. La ropa no deberá atraer la atención de los hombres. No deberá ser brillosa o llamativa de tal manera que todos noten a la mujer y al vestido.
Adicionalmente hay otros requerimientos:
” Las mujeres no deberán imitar la vestimenta de los hombres.
” Las mujeres tiene prohibido vestir como los no – creyentes.
” Las ropas deberán ser modestas, no excesivamente elegantes ni tampoco demasiado desigual para ganar la admiración o simpatía de otros.

La hijab no es tan sólo un vestido que cubre, más importante son el comportamiento, maneras, diálogos y apariencia en público. La vestimenta es tan sólo una faceta del ser total.

El requerimiento básico de la vestimenta de la mujer aplica igual a la de los hombres con la única diferencia que la modestidad requiere que los hombres se cubran desde el ombligo hasta las rodillas excepto para sus esposas. La vestimenta de los hombres no debe ser como la de las mujeres, ni ajustada ni provocativa. Un musulmán deberá mostrar su identidad como musulmán. Hombres no están autorizados a vestir oro o seda. Sin embargo, ambas son permitidas para las mujeres.

Para ambos, las obligaciones de vestimenta no significan una restricción, sino una manera en que la sociedad funcione es una apropiada manera islámica.

El Islam es una alternativa de vida muy beneficiosa para la mujer occidental que no se identifica con el modelo y los valores materialistas que hoy en día proliferan. Difundir, divulgar, diseminar, nuestra verdad es una tarea ardua, pero de resultados maravillosos.

Por otro lado, se impone la necesidad de crear lo que he dado a llamar “islotes” de islamismo. Obviamente, va dirigido a aquellos que vivimos en la diáspora. Estos islotes de islamismo son espacios de encuentro de reflexión, de recreación, de intercambio, etc., donde se reafirme la identidad y la pertenencia musulmana, en medio de terrenos hostiles. Recordemos, que vivimos en sociedades que aborrecen a Dios y a toda su creación. Es necesario saber que no estamos solos en esta lucha. La Umma (comunidad) hace a la fuerza.
Cuanto más firmes seamos, cuanto más resistentes seamos, más molestaremos al Nuevo Orden Mundial. Si conseguimos esto, el Nuevo Orden Mundial no habrá logrado su cometido y nosotros habremos obtenido una victoria decisiva.
ALLAH AKBAR!!!

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