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La coartada de la discriminación por Edurne Uriarte Espasa( 06/03/2008 ) La escritora Lucía Echevarría afirmaba en 2005: "Yo tengo mala prensa y cuanto hago se me critica por ser mujer. Si fuera hombre, ya estaría en la Academia". Lo decía por las innumerables críticas recibidas por sus ya abundantes y probados plagios: el que perpetró, por ejemplo, de la escritora estadounidense Elizabeth Wurtzel para el libro que la hizo famosa, Amor, curiosidad, Prozac, dudas; o el del centenar de versos, metáforas y expresiones que extrajo de diversas obras del poeta Antonio Colinas para su libro de poesía Estación de infierno. La última copia documentada que conocemos de esta escritora es la de las quince páginas de un artículo del psicólogo Jorge Castelló para su libro Ya no sufro por amor. Es una historia más de jetas infinitas, común, por otra parte, a tantos y tantos casos de plagios que se producen con un desparpajo y una impunidad casi totales en los medios culturales por ese llamativo valor social que dicta que el robo es un delito cuando se ataca cualquier propiedad, excepto la propiedad intelectual, que no le importa a casi nadie. Dados los hechos, el uso de la coartada de la discriminación en este caso tiene bastante de esperpéntica. Pero es significativa de lo que ha ocurrido en muchas ocasiones con la discriminación de las mujeres en los últimos tiempos: que se ha convertido en coartada, en discurso político y en manipulación. Más allá de la coartada y de las jetas infinitas, nos encontramos con la manipulación. La manipulación de la relación entre causa y efecto y la manipulación de los datos. Una cosa es que las mujeres, bastantes mujeres, tengamos la percepción de que nuestro trabajo es peor valorado en comparación con el de los hombres y otra que podamos extraer de esa percepción la causa y la explicación central de nuestra notablemente menor presencia en determinadas posiciones sociales. Nos han contado hasta la saciedad la historia de aquella orquesta en la que la selección de mujeres aumentó ostensiblemente desde que las audiciones comenzaron a hacerse con los aspirantes tocando detrás de una cortina, de modo que los seleccionadores no pudieran ver el sexo del instrumentista. Es cierto, ha ocurrido y ocurre. Probablemente, si hiciéramos la misma prueba en periodismo, por ejemplo, con artículos de hombres y mujeres, y los sometiéramos a la consideración general en un experimento, mostrando, por un lado, el sexo de los autores y, por otro, ocultándolo, comprobaríamos exactamente lo mismo: que las mujeres sufrimos algo de carga negativa por el hecho de serlo. Como afirmaban las escritoras Juana Salabert y Ana María Matute en una entrevista en El País (6-VIII-2007), oficialmente, la discriminación no existe, pero por detrás sí: "Te toman menos en serio. Como si fuéramos las hermanas pequeñas". Laurence Parisot, la primera mujer presidenta de la patronal francesa Medef, contaba al Financial Times Magazine (7/8-X-2006) que solo recientemente ha sido consciente de los efectos del sexismo en su carrera: "Había pensado que muchas de las dificultades que tuve se debían a que no era lo suficientemente buena, lo suficientemente competente, cuando, en realidad, se trataba muchas veces de misoginia. Me llevó mucho tiempo darme cuenta de que, en efecto, es más difícil para una mujer que para un hombre". Parisot extendía su reflexión a lo que consideraba comentarios misóginos sobre Ségolène Royal en la campaña electoral francesa. Pero lo cierto es que la derrota de Royal en ningún caso se debió a su condición de mujer, y también es un hecho que Parisot, una mujer, está nada menos que en la cúspide del Medef. Es decir, este vestigio del pasado no explica ni de lejos las cifras de nuestra diferencia de presencia en las posiciones de poder, sean las intermedias o las de las élites. O en las columnas de los periódicos. Ni puede servir de coartada para explicar nuestros fracasos o nuestras frustraciones, no solo en el caso de las jetas gloriosas como la mencionada más arriba, sino en el de todas nosotras en general. No caigamos en la tentación de la inocencia que tan bien expusiera Pascal Bruckner, la ideología victimista que este filósofo francés ha definido como la inversión de la teoría de la Mano Invisible y cuya definición merece la pena reproducir por su capacidad para explicar algunos de los malos usos del feminismo (y de otras ideologías): "Tras el caos de los hechos y de los acontecimientos hay un destino malvado empeñado en nuestra desgracia, que trata de herir y humillar a cada uno de nosotros en particular. Cuanto más libre se pretende el sujeto moderno y más trata de extraer exclusivamente de sí mismo sus razones de ser y sus valores, más propenso estará, para liberarse de la duda y de la angustia, a invocar un fatum cruel, un desorden premeditado que lo mantiene bajo su autoridad y lo destruye de forma subrepticia" (1). Nuestras propias responsabilidades, nuestras decisiones y nuestras elecciones se diluyen en los agentes exteriores. Aquello que sale mal o lo que no se ha logrado, o, simplemente, lo que está por llegar, es culpa del otro. La relación causa/efecto puede convertirse en ocasiones en una interpretación disparatada. También para asuntos mucho más serios que los plagios de Lucía Echevarría y sus deseos de entrar en la Academia. Hasta para explicar un atentado. En el Libro Negro de la Condición de la Mujer, Stéphanie Le Bars explica que "la joven madre de Bachar, Reem al-Riyachi, pagó con su vida esta inquietante evolución" (2). ¿Y qué inmenso sacrificio hizo Reem al-Riyachi?, se preguntarán los lectores; ¿por quién dio su vida?, ¿qué ideas y principios defendió gloriosamente? Pues bien: el inmenso "sacrificio" de esta mujer palestina consistió en convertirse en terrorista suicida y asesinar a cuatro soldados israelíes en un puesto de control de la Franja de Gaza, accionando los explosivos que llevaba adheridos en el cuerpo cuando llegó cerca de los soldados. El disparate es que la autora francesa explique este crimen terrorista como consecuencia de los crímenes de honor y de la discriminación de la mujer en Palestina. Sin tener siquiera datos concretos sobre la terrorista, de la que sí reconoce que estaba vinculada al movimiento terrorista Hamás, sugiere que corrían rumores de que habría cometido una falta y sus allegados la habrían convencido para inmolarse y reparar así su honor. Las coartadas de la discriminación de los países desarrollados e igualitarios en las que pienso no se refieren a hechos tan terribles. Pero la coartada de la discriminación funciona. Y la lectura interesada, o muy poco objetiva, de los datos. [...] 7 LA SUPERIORIDAD BIOLóGICA DE LA HEMBRA RACISMO PROGRESISTA El libro se llamaba The Bell Curve y su contenido fue calificado por algunos como "la nueva ofensiva racista". La tesis que dio lugar a tanto escándalo era la de las diferencias genéticas entre razas; básicamente, entre los blancos y los negros. Los autores revisaron los datos del Estudio Longitudinal Nacional de la Juventud, realizado regularmente por el Gobierno estadounidense, y observaron diferencias en los resultados de los test de inteligencia de negros y blancos. Los resultados de los blancos eran mejores que los de los negros. A partir de estos datos, los autores afirmaron que la inteligencia se hereda en un porcentaje de casos que se sitúa entre el 40 y el 80 por 100, y que las diferencias no solo se explican por factores externos como la dieta y la educación, sino también por el componente innato, biológico, heredado. Y ahí estaba el escándalo, puesto que, según Herrnstein y Murray, las diferencias entre negros y blancos en los test de inteligencia a favor de los segundos se deben también a los componentes innatos. O, lo que es lo mismo, a la superioridad biológica de los blancos. La repercusión del escándalo alrededor de The Bell Curve tuvo bastante que ver con el prestigio científico de los autores y con la consistencia argumentativa, respetable, al menos, del libro. Sus teorías tenían la suficiente enjundia intelectual para ser discutidas. Pero, sobre todo, el meollo de todo el debate estaba en el tabú que los autores habían transgredido al plantear una posible superioridad intelectual de base genética de los blancos sobre los negros. Es bien sabido que tamaña teoría es indefendible desde el punto de vista ideológico en la comunidad científica y en la comunidad democrática. Pero no tanto porque existan también muchas teorías y evidencias científicas en contra. Esa razón por sí sola no evitaría la aparición de teorías contrapuestas. El tabú alrededor de la tesis de las diferencias biológicas entre negros y blancos se debe al hecho de que los grupos racistas y la propia discriminación racial ejercida en su tiempo en algunos países, Estados Unidos entre ellos, contra los negros, sostenía esa supuesta diferencia biológica. La biología se había usado o manipulado al servicio del racismo, por lo que su uso, sospechoso, quedaba proscrito de la investigación. Dado que la ciencia se puede manipular en cualquier dirección, también en la del racismo, cabe reconocer un sustento ético sólido en el tabú. También resulta comprensible el enorme revuelo causado por The Bell Curve. Por las mismas razones, sin embargo, lo que resulta extraordinariamente llamativo es el alto grado de aceptación y la popularidad que han alcanzado otras teorías sobre la superioridad biológica. En otro campo, claro está. Me refiero a la superioridad biológica de las mujeres. Aquello que en relación con los negros es un atentado contra la democracia y los derechos humanos, se convierte en una interesante, sugerente y progresista teoría cuando de diferencias entre hombres y mujeres hablamos. A pesar de que el determinismo biológico, la capacidad de manipulación y, sobre todo, el mensaje de inferioridad sobre otros grupos, en este caso, el de los hombres, sea exactamente el mismo. Ashley Montagu fue un antropólogo y biólogo británico, nacido a principios del siglo XX en Londres, bajo el nombre de Israel Ehrenberg. Desde muy joven tuvo instinto para la comunicación y la publicidad, por lo que se cambió el nombre al mucho más comercial de Ashley Montagu. Pero, además, era un antropólogo con ideas renovadoras y con valentía para romper algunas de las barreras culturales del siglo en el que le tocó vivir. Montagu fue conocido por cuestionar la validez de la raza como concepto biológico. Pero también por publicar en 1953 The Natural Superiority of Women. El mismo antropólogo que cuestionó el concepto de raza y las teorías de las diferencias raciales, teorizó, en cambio, sobre las diferencias biológicas entre hombres y mujeres. Y, lo que es aún más interesante, sostuvo la superioridad biológica de ellas sobre ellos. Se-gún Montagu, las mujeres tenemos un sistema inmunológico más poderoso que nos protege mejor y nos permite también una recuperación más rápida de la fatiga, la enfermedad, un shock o el hambre. Nuestro cerebro, por otra parte, es más pequeño que el de los hombres, pero con mayor coordinación entre los hemisferios y, como consecuencia, más desarrollado estructural y funcionalmente, y capaz de pensar de manera más profunda e intuitiva que el cerebro masculino. El resultado de todo ello es, según Montagu, que las mujeres somos más perspicaces y tenemos más resistencia y longevidad. Después de la parte biológica llegaba la ideológica y la política, si damos por supuesto, claro está, que lo relatado más arriba fuera puramente biológico. Montagu proponía una reconstrucción de los valores y la cultura de la sociedad estadounidense en la que el dominio físico, la agresividad y el consumismo dieran lugar a otros atributos humanos y habilidades. ¿Cuáles? Los femeninos, claro está, o lo que Montagu consideró femeninos. Y aquí pasamos a los valores del autor sobre la condición femenina, el objetivo de la supuesta superioridad biológica. Sencillamente, la maternidad. Según Montagu, la renovación de la cultura estadounidense será protagonizada por las mujeres, puesto que ellas serán las únicas capaces de aportar un nuevo espíritu humanitario, ya que están mejor dotadas para ese fin, por el amor de la madre hacia su hijo. Dejemos a un lado por el momento la vuelta de Montagu a la tradición a través de la supuesta revolución, o la proclamación de su superioridad biológica en contra de la proclamada superioridad masculina a lo largo de los tiempos para acabar instalado, Montagu y, con él, las mujeres, nuevamente en la tradición. Es decir, en la maternidad, en la función esencial de las mujeres en la historia de la humanidad, la misma que justificó su apartamiento de la igualdad. Lo más interesante de esta teoría de la superioridad biológica de las mujeres es que no solo no fue rechazada en su tiempo por su biologicismo discriminatorio, sino que ocurrió todo lo contrario. El libro ha sido reeditado varias veces, y una parte significativa de las mujeres y, sobre todo, del feminismo, lo ha recibido con los brazos abiertos. El pacifismo genético al que me refería en el capítulo anterior o las teorías del nuevo liderazgo femenino, también analizados en otro capítulo, tan populares en el feminismo, son una estela de la teoría Montagu. La teoría de la superioridad biológica de las mujeres no ha causado ningún tipo de escándalo entre todos aquellos que han cuestionado las diferencias entre razas y que sí se han sentido escandalizados por las teorías sobre la superioridad de unos grupos étnicos sobre otros. Tampoco entre las propias feministas, entre las mismas que sí han denunciado, en cambio, cualquier pretensión de una superioridad biológica masculina. Hay una razón política e histórica que explica estas contradicciones. Los hombres no han sufrido discriminación en tanto que hombres. La han sufrido, como las mujeres, por otros muchos motivos: su ideología, su raza, su religión o su clase social. Pero no han sido discriminados por ser considerados menos aptos o inferiores que las mujeres. En su caso, no se ha producido una discriminación política y social sustentada, entre otras cosas, en la biología. Y en las mujeres, sí. Lo mismo que entre los negros y algunos otros grupos étnicos. Biología y política han sido conectados para justificar la dis-criminación. Por lo tanto, la biología ha pasado a ser políticamente peligrosa. Como no ha ocurrido así en el caso de las mujeres, la biología utilizada en el mismo sentido, en la sustentación de una supuesta superioridad biológica, no solo ha sido considerada inocua, sino también políticamente simpática. Atractiva, políticamente correcta, aceptable, original, rompedora. Y el resultado es otra incongruencia feminista con la que convivimos en las sociedades avanzadas. Escándalo mayúsculo si alguien defiende o, simplemente, balbucea la posibilidad de cualquier tipo de superioridad masculina en cualquier campo, por muy nimio que sea. Feliz celebración y regocijo si quien defiende o balbucea la superioridad biológica lo hace a favor de las mujeres. El filósofo Fernando Peregrín puso de manifiesto las contradic-ciones de ese feminismo cuando resaltó que hay corrientes del feminismo que miran con recelo a Darwin y que consideran que el neo-darwinismo está sesgado por el sexismo, pero que, al mismo tiempo, han abrazado la creencia de la superioridad biológica de las mujeres para luchar contra lo que conciben como consecuencia del neodarwinismo y su propuesta de supervivencia del más fuerte, es decir, la dominación histórica de las mujeres por los hombres en las sociedades patriarcales (1). No se trata de rechazar aquí las investigaciones de la biología o los descubrimientos de la genética. Debemos estar atentos a todo aquello que la investigación sobre nuestra naturaleza biológica pueda decirnos. De lo que se trata es de que apliquemos los mismos criterios a todas las investigaciones y a todas las conclusiones, sean o no agradables para cada grupo social. No descarto la posibilidad de las diferencias biológicas, entre grupos étnicos o entre sexos. Si las investigaciones que las sustentan son rigurosas, deben ser atendidas. Pero tanto si las diferencias son "a favor" como si son "en contra".
NOTAS DE "RACISMO PROGRESISTA" (1). Fernando Peregrín, "Evolucionismos heterodoxos", Letras Libres, diciembre de 2004.
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